Bajo la superficie de la decencia se adentra en el fascinante mundo de la doble moral que permea las acciones humanas y las contradicciones sociales. Con un enfoque incisivo y lleno de ironía, el autor revela las grietas entre la ética y la moral, desmantelando las máscaras que nos imponemos en la sociedad. Desde un análisis histórico hasta ejemplos contemporáneos, la obra desafía al lector a confrontar sus propias incongruencias y reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la moralidad. Trilles, mediante una prosa provocadora y aguda, invita a cuestionar la autenticidad de los discursos públicos en la era digital, poniendo al descubierto la hipocresía que sigue dominando nuestras interacciones.
Artículo para blog: 15 preguntas para conocer mejor al autor y su proceso de creación
1. ¿Qué lo inspiró a explorar la doble moral en su libro?
Diría que es mi naturaleza analítica la que, a la vez, me empuja y me retiene. Examino una idea desde todos sus ángulos, la disecciono, la acaricio y la duelo contra mis propias dudas. Esta meticulosidad me permite desentrañar las contradicciones más veladas de la condición humana; pero también actúa como una condena, ya que me ata a la insatisfacción perpetua, porque jamás me conformo con la superficie.
Así, mi afán por diseccionar cada contradicción no es un mero capricho estilístico, sino una forma de arte oscuro, un pincel con tinta fría que traza la fina línea entre la virtud auténtica y su simulacro. Porque, al final, somos prisioneros de nuestras certezas… hasta que alguien —sí, incluso uno mismo— decide cuestionarlas.
2. ¿Cómo define para usted la “doble moral”?
En mi modesta opinión, la doble moral es el oficio de edificar dos torres de creencias: una para exhibir al mundo, limpia, impoluta, erguida con orgullo; y otra, subterránea, donde yacen los deseos prohibidos, las concesiones vergonzantes y las justificaciones contorsionadas que nunca admitiríamos en voz alta.
En el fondo, la doble moral no es más que un espejo quebrado, es decir, un reflejo de integridad que anhelamos proyectar, y otro, oculto tras la grieta, donde habitan nuestras incongruencias más turbias. Y créame, pocos placeres hay tan deliciosos como contemplar ese destello de culpabilidad ajena cuando alguien tropieza tratando de sostener ambas mitades. Después de todo, la perfección es un mito hecho a medida para quien no teme vivir maquillando sus propias sombras.
3. ¿Cómo ha influido su experiencia personal en la creación de este libro?
Mi experiencia personal es ese viejo socio al que uno no puede ignorar: está ahí en cada pasillo de mis recuerdos, susurrándome secretos que luego convierto en tramas. He vivido lo suficiente para entender que la línea que separa al héroe del villano es tan tenue como el filo de una navaja, y esa certeza—adquirida tras demasiados encuentros con la traición y la redención—nutre cada página de mi obra.
He contemplado a personas que veneran la virtud con la misma pasión con que cometen sus propios pecados a escondidas; he observado cómo el poder corrompe incluso las almas más inmaculadas y cómo el arrepentimiento, en ocasiones, resulta tan venenoso como la ambición. Todas esas cicatrices se filtran en los diálogos, en las decisiones de los personajes y en las grietas de sus convicciones.
Y por supuesto, mi afición por diseccionar cada matiz moral proviene de noches enteras sumergido en alcohol, charlas a media luz con conspiradores y aquella inevitable sensación de hallarse siempre un paso por detrás de la verdad. De esta manera, escribir este libro fue una manera de exponer las sombras que todos llevamos dentro, con la esperanza de que, al hacerlo, aprendamos a convivir con ellas.
4. ¿Cuál fue su mayor desafío al abordar temas tan delicados como la hipocresía y la ética?
Mi mayor desafío residió en evitar que el relato se convirtiera en un mero alegato moralizante o en un catálogo de juicios simplistas. Quería casos reales, y es por ello que me obsesioné con la credibilidad: cada ejemplo debía sentir el tirón de su conciencia y, a la vez, la urgencia de justificar sus actos más oscuros.
El verdadero reto fue encontrar la voz justa que permitiera revelar su doble moral sin traicionar su humanidad. Porque este concepto brota del miedo, del deseo y de la necesidad de sobrevivir en un mundo que exige perfección imposible.
Pero no basta con plantear dilemas. Hay que someter al lector al vértigo de sus propias respuestas. Así que diseñé situaciones límite de modo que la pregunta “¿haría usted lo mismo?” quedara flotando en cada página, incómoda y fascinante.
Quizá, el mayor desafío no fue escribir sobre la doble moral, sino lograr que el lector se reconozca en esas grietas, y comprenda que, como yo, todos somos arquitectos de nuestras propias justificaciones y, a la vez, sus prisioneros más dóciles.
5. ¿Cree que la sociedad actual es más hipócrita que en el pasado?
En tiempos pasados, la hipocresía se susurraba en los pasillos y se ocultaba tras una sonrisa educada. Hoy, en cambio, la exponemos al gran público, la envolvemos en pancartas luminosas y la vendemos como bandera de nuestros valores. No es que hayamos inventado el desdoblamiento moral; lo hemos digitalizado, viralizado y convertido en espectáculo.
Sin embargo, no olvide que la doble moral es tan antigua como el poder mismo. Los faraones, los reyes de antaño, dictaron códigos de honor mientras templaban espadas y reclutaban traidores. La diferencia radica en que antes la hipocresía era un susurro en pasillos reales; hoy es un grito en el vasto teatro de lo online.
Por tanto, la sociedad actual no es necesariamente más hipócrita, sino más ruidosa y transparente en su artificio. Porque en el fondo, la doble moral continúa siendo la sombra inseparable de nuestra necesidad de creer que somos mejores de lo que, en realidad, solemos ser.
6. ¿Cómo encuentra el equilibrio entre la crítica social y la narrativa atractiva?
Por un lado, la crítica social debe pender con el peso de la verdad, incisiva y firme, desvelando las costuras de nuestro colectivo; por otro, la prosa ha de seducir: frases que acaricien, diálogos que chisporroteen y atmósferas que envuelvan al lector como el humo de un buen puro.
Mi truco —si es que gusta llamarlo así— consiste en ocultar el filo de la denuncia bajo el terciopelo de la intriga. Cada crítica aparece camuflada mediante un gesto sutil, un duelo verbal o una situación límite que, al cobrarse su precio dramático, revela las fallas de la sociedad sin necesidad de pancartas.
Así, mientras devoran páginas por la tensión, la ironía o el sarcasmo de los ejemplos citados, mis lectores terminan confrontando dilemas éticos, cuestionando instituciones y descubriendo la grieta entre lo que “deberíamos” y lo que “realmente” somos.
7. ¿Cuál es el capítulo que más le costó escribir y por qué?
Si me apura, diría que fue el capítulo donde el amor choca con la doble moral. Ahí me encontré atrapado entre dos demonios: la ternura genuina de un corazón dispuesto a entregarse y la astucia venenosa de la conciencia, empeñada en cubrirlo todo con un velo de condiciones.
El amor, en mi libro, es un arma de doble filo, capaz de exaltar la nobleza y revelar las carencias más obscenas. Mencionar casos requirió de mucha disección psicológica.
Al final, este capítulo muestra al amor en su forma más sublime y su faceta más perversa, al mismo tiempo. Fue, sin duda, el más arduo de escribir, porque requiere explorarnos en lo más profundo y admitir que, aun en el amor, todos llevamos nuestra propia lista de condiciones.
8. ¿De qué manera se prepara para escribir sobre temas tan filosóficos?
Encuentro mis huecos de libertad en los intersticios del día, como esos diez minutos tras el café matutino antes de que el mundo reclame mi atención, o los quince robados al mediodía, cuando entre correo y reunión me escabullo para dejar que mi ingenio salte al ordenador.
También está el instante inopinado, esa epifanía súbita que sobreviene mientras trato un paciente o coincido con un desconocido en el ascensor. Ahí, el pensamiento golpea y, sin pensarlo, deslizo el pulgar sobre la pantalla para inmortalizar la frase antes de que se esfume.
Por último, la penumbra previa al sueño. Ese es el momento en que la inspiración retorna con fuerza, reclamando su lugar en notas sueltas que, al día siguiente, encenderán el motor de la siguiente página.
9. ¿A qué autor o libro recurre cuando busca inspiración para su escritura?
A veces vuelvo una y otra vez a las deslumbrantes callejuelas de Dostoievski, en especial a Crimen y castigo, para recordar el peso demoledor de la culpa y la complejidad de la redención. No hay nada como acompañar a Raskólnikov en su descenso al abismo para calibrar la magnitud de un conflicto interno y el pulso inquebrantable de la conciencia.
En otras ocasiones, me refugio en el virtuosismo verbal de Vladimir Nabokov, particularmente en Lolita. Su prosa me enseña que, tras cada palabra aparentemente inocente, puede esconderse un abismo de intensidades —una lección que imprimo en mis diálogos para que rezumen doble filo y belleza venenosa al mismo tiempo.
Y cuando quiero reconocerme en un espejo existencial, regreso a El mito de Sísifo de Albert Camus. Ese ensayo me recuerda que, pese a lo absurdo de la condición humana, la rebeldía intelectual y la lucidez son armas superiores al desaliento. Allí hallo el combustible para enfrentar mis propias contradicciones con la honestidad brutal que exijo en mi libro.
10. ¿Cómo maneja las críticas que pueden surgir por abordar temas tan controvertidos?
Las críticas siempre llegan con fanfarria y trompeteo, como si anunciaran el estreno de mi obra en un circo de pulgares abajo. Mi estrategia es mantenerme impasible y recordarme que toda provocación genuina acarrea su cuota de escándalo. Los señalamientos más feroces suelen proceder de quienes temen mirar sus propias sombras en el espejo que llevo.
Cuando el reproche surge, lo recojo como materia prima. Desmenuzo cada argumento mordaz, cada comentario cargado de indignación, y lo uso para afilar mis convicciones. Porque, al fin y al cabo, la controversia confirma que el tema es pertinente, que golpea donde duele y despierta la conciencia adormecida.
Y si aún así los detractores alzan su voz con más estridencia, sonrío porque sé que, mientras ellos discuten la forma, el fondo continúa creciendo en la mente de los lectores. Y eso, queridos críticos, es un triunfo absoluto.
11. ¿Qué papel juegan los ejemplos históricos en su obra?
Los ejemplos históricos son mi coartada favorita, pequeñas cápsulas de tiempo donde se revelan eternas coreografías de poder, ambición y traición. Al rescatar estos episodios, construyo un puente entre aquel entonces y nuestro ahora, mostrando que las pasiones humanas siguen bailando su viejo tango bajo nuevas máscaras.
Y finalmente, sirven de pista de despegue para la imaginación y la crítica: porque nada provoca más vértigo que descubrir que, pese a los siglos transcurridos, seguimos tropezando con las mismas contradicciones. Al entrelazar historia e hipocresía, invito al lector a reclamar su rol de testigo y, por qué no, de juez.
12. ¿Considera que el arte puede cambiar la moralidad de una sociedad?
El arte es la mano invisible que esculpe las conciencias con la delicadeza de un bisturí y la sutileza de un susurro. No es un martillo que abate murallas, sino una llave maestra que afloja los cerrojos de las creencias arraigadas. Cuando un lienzo expone la injusticia con colores que duelen, o un verso desnuda la hipocresía con música que hiere, el espectador se convierte en cómplice de su propio despertar.
El arte no dicta normas, sino que siembra interrogantes. Esa pequeña grieta que quiebra la cáscara de la convención social, al principio imperceptible, termina filtrando nuevas luces: un personaje que el público abraza pese a sus pecados, una sinfonía que exalta la esperanza en medio del caos o un poema que convierte la empatía en acto de rebeldía. Y así, página tras página, nota tras nota, cuadro tras cuadro, la moral colectiva se reescribe en los márgenes, más humana, más compleja y más viva.
A fin de cuentas, la verdadera revolución no se libra en una proclama, sino en el silencio reflexivo que sigue a una obra magistral. Cuando el eco de esa reflexión persiste en los rincones del alma, la sociedad ya no es la misma, pues ha aprendido a mirar su reflejo con menos certezas y más compasión.
13. ¿Cuál es la lección más importante que espera transmitir a sus lectores?
Si de algo me gustaría que mis lectores salieran tras cerrar la última página es con la convicción de que la verdad absoluta no existe; apenas un mosaico de fragmentos donde conviven la luz y la sombra. Hay que aprender a vivir con las grietas propias y ajenas, porque es ahí, en esos resquicios, donde se fragua la autenticidad.
Quiero que se atrevan a cuestionar sus convicciones más firmes, a hurgar en ese armario de creencias y sacar a la luz los esqueletos que duermen bajo el tapiz de la cortesía social. Solo al reconocer nuestra doble moral podremos exponerla a la honestidad del diálogo —con los demás y con nosotros mismos— y así aspirar a una moral verdaderamente libre, no a un conjunto de mandatos rimbombantes.
Porque, en última instancia, la literatura no cambia al mundo de golpe, pero sí siembra la duda necesaria para que cada lector, armado con su propia pregunta incómoda, empiece a desarmar los viejos artificios y construya, con piezas de transparencia y coraje, un mapa ético más acorde a la complejidad de la condición humana.
14. ¿Hay algún aspecto personal que haya quedado reflejado en sus personajes?
Obviamente, mis propias cicatrices y contradicciones asoman en los casos mencionados, y no solo en los grandes nombres de la historia o las entidades que acaparan titulares. Aquellas pequeñas traiciones que he presenciado en reuniones de amigos, los silencios incómodos tras una promesa rota o la hipocresía disfrazada de cortesía en cenas familiares también se filtra en sus gestos, en sus dudas y en ese ir y venir de justificaciones que los hace tan terriblemente humanos.
De hecho, cuando aludo a un político ambicioso o a un aristócrata en decadencia, estoy hablando también de ese vecino encantador que aplaude el rigor moral en la plaza mientras esquiva sus propias deudas, o de esa colega impecable que exige transparencia y oculta los favores que pide por detrás. Es en esa extrapolación cotidiana donde reside el verdadero espejo: no se necesita estar en la farándula para tropezar con la doble moral; basta con habitar la vida real.
15. ¿Cómo ve el futuro de la ética en la sociedad contemporánea?
Anticipo un horizonte donde la ética será menos un código escrito y más un lenguaje en constante reescritura, forjado en la mezcla de la interconexión digital y la diversidad global. Las viejas certezas —esas tablas morales que creíamos inmutables— se verán sacudidas por fragmentos de una conciencia colectiva que habrá de decidir si otorga un valor superior al algoritmo o al impulso humano. En ese terreno movedizo, triunfarán quienes aprendan a dialogar con la ambigüedad, reconociendo que toda norma nace y muere en el intercambio de perspectivas.
Sin embargo, no me atrevería a proclamar un naufragio ético absoluto. Por cada sombra de cinismo que la tecnología proyecte, surgirán focos de empatía radical, es decir, comunidades que rehúyen la indiferencia y defienden una responsabilidad compartida con la misma pasión con que antaño se enarbolaban banderas nacionales. La auténtica revolución moral no vendrá de nuevas leyes, sino de la voluntad de cada individuo de leer la doble moral de los otros —y la propia— con ojos de honestidad brutal. Y cuando la sociedad descubra el poder subversivo de esa mirada, el futuro de la ética habrá dejado de ser una quimera para convertirse en el más fascinante de los desafíos.