Las vidas de Gleb nace de una pregunta aparentemente sencilla formulada una tarde de verano en una cafetería de Gran Canaria: ¿de dónde viene tu nombre? Lo que Miguel Naranjo esperaba era una respuesta simple; lo que obtuvo fue el inicio de una historia que atraviesa tres países, varias décadas y múltiples existencias condensadas en una sola persona. Gleb, nacido en Rusia y criado en Cuba durante el durísimo Período Especial de los años noventa, llegó a España con una mochila ligera y una historia enorme a cuestas.

Esta novela testimonial es el resultado de meses de conversaciones, de confesiones y silencios compartidos que el autor fue hilvanando hasta construir un retrato íntimo y honesto. A través de sus páginas viajamos desde el frío de Taganrog hasta el calor abrasador del Malecón habanero, desde la violencia doméstica que marcó su infancia hasta el primer amor que le enseñó quién era. Es una historia sobre la resiliencia, sobre el arte como forma de sobrevivir y sobre la valentía de empezar de nuevo una y otra vez.

15 preguntas para conocer mejor al autor y su proceso de creación

1. ¿Cómo fue el primer encuentro con Gleb en Gran Canaria y qué te hizo querer escuchar su historia hasta el final?

Fue algo completamente casual en una conversación tomando algo, le hice una pregunta tan sencilla como: ¿de dónde viene tu nombre? Yo esperaba una respuesta sencilla, tipo que vendría de algún nombre largo e impronunciable, sin embargo, detrás de ese nombre apareció una historia brutal de la que cada vez sentía más curiosidad y quería saber más.

2. ¿En qué momento decidiste que esas conversaciones se iban a convertir en un libro?

No hubo un instante concreto en el que pensara: voy a escribir una novela. Fue algo que fue saliendo. Cuanto más me contaba Gleb, más tenía la sensación de que aquella historia merecía ser contada y no quedarse únicamente entre nosotros.

Empecé a ordenar recuerdos, lugares y momentos y me di cuenta de que había una buena base para un libro.

3. El libro está narrado en primera persona desde tu perspectiva como oyente. ¿Qué supuso ese reto literario de contar la vida de otro sin que se pierda la voz del protagonista?

Probablemente fue el mayor reto del libro. Yo estoy ahí porque soy quien escucha y porque el lector conoce a Gleb a través de nuestras conversaciones, pero nunca quería convertirme en el protagonista. Tenía que encontrar un equilibrio entre mi mirada y su voz.

Mi función era acompañar, ordenar y transformar todo aquello en un relato literario sin cambiar la esencia de lo que él me había contado. Durante todo el tiempo de escritura muchas veces me pregunté si estaba hablando demasiado yo para no perder el foco en Gleb.

4. Gleb vivió en tres países muy distintos —Rusia, Cuba y España— y en contextos históricos complejos. ¿Qué parte de su historia te resultó más difícil de trasladar al papel?

La infancia en Cuba. Porque no se trataba solamente de describir pobreza o escasez, sino de hacerlo desde la mirada de un niño. Para un adulto podemos explicar qué fue el Período Especial, pero un niño no piensa en política ni en economía: piensa en que tiene hambre, en lo que sucede dentro de su casa, en sus amigos o en aquello que no comprende.

Quería que el lector entendiera el contexto sin que la historia se convirtiera en una lección de historia.

5. El Período Especial cubano de los años noventa es el telón de fondo de gran parte del libro. ¿Qué investigación hiciste para contextualizarlo con fidelidad?

Partí siempre de los recuerdos de Gleb, porque esa era la materia principal del libro, pero después contrasté el contexto histórico. Investigué cómo era la vida cotidiana durante aquellos años: la escasez de alimentos, los apagones, el transporte, las dificultades económicas y cómo todo aquello afectaba a las familias.

Me interesaba especialmente la vida cotidiana, porque quería que el contexto histórico estuviera presente sin imponerse sobre el personaje. Estuve leyendo mucho sobre la Cuba de esa época.

6. La violencia doméstica que Gleb vivió de niño está narrada con mucha crudeza. ¿Cómo encontraste el tono adecuado para contar algo así sin caer en el morbo?

Intentando no recrearme nunca en la violencia. Si una escena resulta dura es porque lo que ocurrió fue duro, no porque yo quisiera hacerla más impactante. Para mí había una línea muy clara: contar lo necesario para que el lector comprenda lo que ese niño vivió y cómo aquello pudo marcarlo, pero sin utilizar su sufrimiento como espectáculo.

En esas partes intenté escribir de una manera especialmente contenida. A veces una frase sencilla puede resultar muchísimo más dolorosa que una descripción explícita.

7. La pintura aparece como elemento transformador en la vida de Gleb. ¿Tenías previsto ese hilo o fue surgiendo a medida que lo conocías?

Fue surgiendo porque forma parte de él. Y precisamente por eso terminó teniendo tanta importancia en el libro. La pintura aparece casi como un lenguaje alternativo: cuando Gleb no puede explicar determinadas cosas, puede expresarlas a través de lo que pinta.

Me pareció precioso descubrir que, en una vida llena de cambios y momentos difíciles, el arte podía convertirse en algo estable, en un lugar al que regresar.

8. Yuniel y Yanet son dos personajes que aparecen en un momento clave de la vida de Gleb. ¿Qué simbolizan para ti dentro de la historia?

Para mí representan algo fundamental: las personas que aparecen en determinados momentos de nuestra vida y, sin saberlo, cambian nuestra dirección. En la historia de Gleb hay personas que permanecen y otras que simplemente atraviesan una etapa, pero eso no significa que sean menos importantes.

Yuniel y Yanet pertenecen a ese mapa emocional de Gleb. También representan la pertenencia, algo que él ha buscado muchas veces a lo largo de su vida: encontrar personas con las que, aunque sea durante un tiempo, pueda sentir que tiene un lugar.

9. El libro habla también de identidad LGBTQ+ en un contexto en el que eso tenía un coste muy alto. ¿Cómo abordaste ese tema con Gleb?

Con absoluta naturalidad. Nunca quise que su orientación sexual definiera toda su historia, porque Gleb es muchísimo más que eso. Pero tampoco podía ignorarla, porque condicionó determinados momentos de su vida, sus relaciones y la forma en que tuvo que descubrirse a sí mismo.

Lo hablamos como hablamos del resto: desde sus experiencias. Para mí era importante que el lector entendiera que esta no es la historia de un hombre gay; es la historia de una persona, y su identidad sexual es una parte más de ella.

10. ¿Gleb ha leído el libro? ¿Qué te dijo?

Gleb ha ido leyendo el libro según iba terminando capítulos, no quería escribir nada que lo incomodase o que no fuese fiel a la realidad o que no estuviese de acuerdo con ficcionar alguna parte. Para él este libro es como tener su propio diario en el que verse una y otra vez.

Ya está pensando en una segunda parte…

11. El título —Las vidas de Gleb, en plural— es muy significativo. ¿Cuántas vidas dirías que tiene Gleb a día de hoy?

Muchas, y espero que todavía le queden unas cuantas por vivir. El plural está ahí precisamente porque cada etapa parece pertenecer a una persona diferente y, sin embargo, todas son él. Está el niño que nace en Rusia, el niño que crece en Cuba, el adolescente que empieza a descubrir quién es, el joven que llega a España, el hombre que ama, que pierde, que vuelve a empezar, que pinta…

Cada vez que parece que una vida termina, Gleb construye otra. Quizá por eso el título no podía ser en singular. Su historia habla precisamente de nuestra capacidad para convertirnos en personas diferentes sin dejar de ser nosotros mismos.

12. La amistad entre tú y Gleb es otra de las historias que corre en paralelo. ¿Escribir este libro ha cambiado vuestra relación?

Sí, porque cuando alguien te entrega su historia de esa manera inevitablemente cambia la relación. Hay una intimidad que nace de escuchar cosas que quizá esa persona no cuenta habitualmente.

Pero también ocurrió algo curioso: mientras escribía fui descubriendo cosas de Gleb que, aunque él ya me había contado, entendía de otra manera al ponerlas sobre el papel. Creo que escribir el libro me permitió comprender mejor no solo lo que había vivido, sino algunas de sus formas de ser a día de hoy.

13. ¿Hay alguna parte de la historia de Gleb que hayas decidido no incluir en el libro y por qué?

Sí. Evidentemente hay cosas que se quedaron fuera. Contar una vida no significa contarlo absolutamente todo. Algunas pertenecen únicamente a Gleb y otras no aportaban realmente nada a la historia que queríamos contar.

Para mí había una frontera muy clara entre la sinceridad y la exposición. Que alguien te confíe algo no significa automáticamente que tengas derecho a publicarlo. Y creo que respetar lo que se queda fuera es tan importante como ser honesto con lo que finalmente entra en el libro.

14. Tú también apareces como personaje, con tus reflexiones, tus miedos, tus carcajadas. ¿Hasta qué punto es también este un libro sobre ti?

Mucho más de lo que pensé cuando empecé a escribirlo. Yo creía que estaba escribiendo únicamente la historia de Gleb y terminé descubriendo que también estaba escribiendo sobre lo que ocurre cuando conocemos de verdad a otra persona.

Escuchar su vida inevitablemente me llevó a revisar partes de la mía, mis relaciones, mis decisiones y mi propia manera de entender cosas como el amor, la amistad o la pertenencia. No soy el protagonista, pero tampoco soy un narrador invisible.

15. ¿Qué esperas que el lector se lleve de Las vidas de Gleb cuando cierre el libro?

Sobre todo, que durante unas horas haya sentido que conocía a Gleb. No necesito que el lector saque una gran moraleja. Me gustaría que haya reído con él, sufrido con él, que en algún momento se haya enfadado con sus decisiones y en otros haya querido abrazarlo. Y quizá que cierre el libro pensando que nunca conocemos del todo a las personas que tenemos delante. Todos llevamos historias que los demás desconocen.

Y hay algo más que para mí resume muy bien el libro: pertenecer no siempre significa encontrar un lugar; a veces significa encontrar personas ante las que puedes ser tú mismo. Creo que, después de tantas vidas y tantos lugares, esa es una de las grandes moralejas de Gleb.