«El futuro nunca avisa», escribe Jordi Griful Serral en la obertura de sus memorias. «Llegó sin estruendo, sin épica y sin testigos […] disfrazado de rutina, escondido en oficinas grises, en máquinas que nadie miraba dos veces». Mientras se construía el futuro, publicado por autografía EDITORIAL en agosto de 2026, son 276 páginas divididas en dos partes que recorren cincuenta años de tecnología vistos no desde fuera, como usuarios, sino desde dentro: desde las salas de máquinas, los comités de dirección y las decisiones que en su momento parecían menores.

La primera parte arranca en la Barcelona de 1974, cuando el autor, primer universitario de su familia, empieza Informática casi como una forma de escapar de la sombra de un padre exigente. Cinco años después, en 1979, consigue su primer empleo programando en COBOL sobre un mainframe Honeywell Bull en una compañía de seguros: tarjetas perforadas, cintas magnéticas y un Centro de Proceso de Datos que «no olía a futuro, sino a ozono quemado, café recalentado y humo de cientos de pitillos». De ahí, el libro salta a los años en Andersen Consulting, donde Griful Serral fue testigo, desde dentro del sector, del colapso de Arthur Andersen tras el escándalo Enron y de su renacimiento bajo un nombre nuevo: Accenture.

La segunda parte cambia de escala. «Requiem por el futuro» habla de cómo las redes sociales convirtieron la identidad en algo medible —seguidores, likes, visualizaciones— y de cómo dejamos de usar la tecnología para empezar a vivir dentro de ella. «Lo que empezó a decidir por nosotros» analiza episodios muy recientes, como el gran apagón ibérico del 28 de abril de 2025 o la guerra de Ucrania, para plantear una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando dependemos de infraestructuras que ya no sabríamos reconstruir?

El futuro no llegó de golpe. Se fue construyendo mientras mirábamos hacia otro lado.

Obertura — Mientras se construía el futuro

En «La sentencia del tiempo», Griful Serral mira atrás sobre más de cincuenta años de carrera y describe la tecnología no como una línea recta, sino como «una sucesión de olas»: el cálculo, el ordenador personal, internet, la nube, el dato y, ahora, la inteligencia artificial, que cada veinte años obliga a millones de personas a volver a empezar. El libro, tal y como advierte su nota inicial, es una obra literaria de carácter autobiográfico: las valoraciones sobre empresas y organizaciones reflejan percepciones y recuerdos personales del autor, no juicios objetivos.

El epílogo cierra el libro en un registro muy distinto: paseando con su perro Eddie por un antiguo cuartel de Barcelona donde hizo el servicio militar, el autor conecta cincuenta años de revolución tecnológica con algo mucho más simple y permanente. «Cuando todo lo demás cae», escribe, «solo queda aquello que nunca dependió del tiempo».

Para quienes han vivido esta revolución desde dentro y quieren verla contada con nombre y apellido, y para las generaciones que solo conocen el mundo después de internet y quieren entender cómo se construyó.

Mientras se construía el futuro está disponible en www.autografia.es. Cincuenta años de tecnología, contados por alguien que estuvo allí.


Entrevista con Jordi Griful Serral

Bloque I — El libro y su construcción

El libro combina memoria personal y reflexión sobre tecnología en dos partes bien diferenciadas. ¿Cómo decidiste esa estructura, entre el pasado de tu carrera y el presente de la inteligencia artificial y las redes?

La idea llevaba muchos años conmigo. Mi historia profesional prácticamente coincide con la gran transformación tecnológica de las últimas cinco décadas, y eso la convierte también en una historia personal.

Las empresas en las que he trabajado marcaron distintos hitos de esa evolución. Viví desde dentro momentos que hoy forman parte de la historia de la tecnología y que ahora puedo contemplar con la perspectiva que da el tiempo.

Quise unir ambas dimensiones: la memoria personal y la revolución digital. Porque, en el fondo, este libro es la historia real de una vida que transcurre mientras el mundo cambia a una velocidad sin precedentes.

Cada capítulo se abre con una frase a modo de sentencia, como «El primer lenguaje que aprendí no servía para decir cosas, sino para hacerlas bien». ¿Cómo surgieron estas frases?

Surgieron de forma muy natural. Son frases que intentan condensar la esencia emocional de cada etapa de mi vida.

Cuando recuerdas el pasado, los hechos son importantes, pero no bastan. Lo difícil es transmitir qué significaron realmente para ti. Cada capítulo representa un momento distinto, con personas, desafíos y emociones diferentes.

Esas frases son mi manera de resumir todo eso en una sola idea.

En la nota del autor aclaras que es una obra «de carácter autobiográfico y narrativo» y que las opiniones sobre empresas son percepciones subjetivas. ¿Por qué era importante incluir esa aclaración antes de que el lector empezara?

Porque he querido contar la historia con nombres y acontecimientos reales.

Podría haber recurrido a empresas ficticias, pero habría perdido autenticidad. Todo lo que aparece en el libro está basado en experiencias que viví personalmente y en cómo las recuerdo hoy.

Al mismo tiempo, era importante dejar claro que se trata de una obra autobiográfica. Son mis recuerdos, mis percepciones y mi interpretación de los hechos, no una versión oficial de ellos.

El libro dedica sus dos primeros capítulos a tu juventud y a tu relación con tu padre, antes de entrar propiamente en la revolución digital. ¿Por qué empezar por ahí?

Porque ninguna historia empieza con un ordenador.

Antes de la tecnología están las personas. Mi forma de entender el esfuerzo, la ambición, el aprendizaje o el trabajo tiene mucho que ver con mi familia y con la época en la que crecí.

Si el libro pretendía explicar medio siglo de revolución digital desde dentro, primero tenía que explicar quién era la persona que la estaba viviendo.

¿Cuánto tiempo has tardado en escribir estas memorias, y qué fue más difícil de ordenar: los hechos técnicos o los recuerdos personales?

Más de un año. Sabía qué quería contar porque había vivido los acontecimientos en primera persona, pero ordenar cincuenta años de experiencias en una narrativa coherente fue un reto importante.

Curiosamente, mientras escribía un capítulo sobre la aceleración tecnológica, estaba viviendo esa misma aceleración. En los últimos años, y especialmente con la irrupción de la inteligencia artificial, los cambios se suceden a una velocidad extraordinaria. Eso también forma parte de la historia que cuenta el libro.

Bloque II — Cincuenta años de tecnología en primera persona

Empezaste Informática en Barcelona en 1974 y tu primer trabajo, programando en COBOL sobre un mainframe Honeywell Bull, en 1979. ¿Qué queda hoy de aquel mundo de tarjetas perforadas y cintas magnéticas?

Todavía conservo algunas tarjetas perforadas, placas de memoria, revistas técnicas y hasta un antiguo ordenador Macintosh. Pero lo más importante que queda no son los objetos, sino la forma de trabajar que aprendimos entonces.

Aquella informática exigía paciencia, rigor y una enorme capacidad para resolver problemas. Había que pensar mucho antes de ejecutar cualquier cosa. Esas lecciones me han acompañado durante toda mi vida profesional.

En «La ambición organizada» cuentas tu paso por Andersen Consulting y cómo viviste, desde dentro del sector, el colapso de Arthur Andersen tras el caso Enron y su renacimiento como Accenture. ¿Qué aprendiste de aquella caída?

Aprendí que incluso las organizaciones más poderosas pueden desaparecer.

Arthur Andersen y Andersen Consulting parecían estructuras prácticamente indestructibles. Sin embargo, una serie de decisiones acabaron provocando un cambio histórico en todo el sector.

Vivir desde dentro la separación entre ambas compañías, el impacto del caso Enron y el nacimiento de Accenture fue una experiencia extraordinaria. Fue el final de una época, pero también el comienzo de otra llena de oportunidades para quienes formábamos parte de aquella transformación.

Describes la tecnología no como una línea recta, sino como «una sucesión de olas» que se repiten cada veinte años: el cálculo, el ordenador personal, internet, la nube, el dato, la inteligencia artificial. ¿Cuál de esas olas te ha cambiado más como profesional?

Todas las grandes revoluciones tecnológicas te obligan a aprender algo nuevo y a desaprender parte de lo anterior.

Si tuviera que elegir una, probablemente sería internet. Fue la primera tecnología que transformó simultáneamente todos los sectores, todas las empresas y prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana.

La inteligencia artificial está generando un impacto comparable, pero con una diferencia fundamental: el tiempo para adaptarse casi ha desaparecido. Antes teníamos años para comprender una transformación. Hoy el cambio ocurre mientras todavía estamos intentando entenderlo.

¿Cómo era realmente trabajar dentro de un Centro de Proceso de Datos en 1979, y qué tendría que decirle alguien de esa época a un ingeniero de inteligencia artificial de hoy?

Probablemente le costaría creer cómo trabajábamos entonces. Le hablaría de centros de datos instalados en sótanos, de memorias que se transportaban físicamente y de un entorno donde la informática exigía presencia constante y una enorme disciplina técnica.

Pero también le diría algo que sigue siendo válido hoy: la tecnología cambia, pero la curiosidad, el esfuerzo y la capacidad para resolver problemas continúan siendo las competencias más importantes.

Bloque III — El futuro que empezó a decidir por nosotros

La segunda parte del libro, «Requiem por el futuro», habla de cómo las redes sociales transformaron la identidad en algo medible. ¿Cuándo notaste tú ese cambio, de usar la tecnología a «vivir dentro de ella»?

Fue un cambio gradual y precisamente por eso tardamos tanto en verlo.

Durante décadas la tecnología fue una herramienta. La utilizábamos para trabajar, comunicarnos o entretenernos. Después pasó a convertirse en el entorno donde transcurre una parte creciente de nuestra vida.

Creo que tomé conciencia cuando nuestra identidad empezó a tener métricas: seguidores, visualizaciones, interacciones. Cuando los recuerdos comenzaron a almacenarse en servidores y las relaciones pasaron por plataformas digitales.

En ese momento entendí que ya no vivíamos junto a la tecnología. Vivíamos dentro de ella.

En «Lo que empezó a decidir por nosotros» citas el gran apagón ibérico del 28 de abril de 2025 y la guerra de Ucrania como ejemplos de nuestra dependencia de infraestructuras que no controlamos. ¿Por qué elegiste precisamente esos dos episodios?

Porque son acontecimientos muy distintos que ilustran una misma realidad.

El apagón mostró hasta qué punto dependemos de infraestructuras invisibles que damos por seguras hasta que fallan. La guerra de Ucrania evidenció que la tecnología, las comunicaciones y la ciberseguridad se han convertido en activos estratégicos de primer nivel.

Ambos episodios nos recuerdan que vivimos en una sociedad extraordinariamente avanzada, pero también extraordinariamente dependiente.

Sostienes que «la tecnología nunca sustituye el poder, lo desplaza hacia quien la controla». ¿Quién controla hoy ese poder, en tu opinión, y debería preocuparnos?

El poder siempre acompaña a los recursos más valiosos de cada época. Si antes fueron la tierra, la industria o la energía, hoy son los datos, los algoritmos y la capacidad de procesarlos.

Ese poder se concentra en grandes corporaciones tecnológicas y en los Estados que controlan infraestructuras estratégicas. Pero la cuestión verdaderamente importante no es quién lo posee, sino quién decide cómo se utiliza y bajo qué reglas.

Más que miedo, lo que necesitamos es conciencia, transparencia y criterio humano.

Dices que este no es «un libro sobre tecnología», sino sobre lo que ocurre cuando la tecnología empieza a marcar el ritmo y nosotros seguimos creyendo que la controlamos. ¿Cómo resumirías esa idea a alguien que nunca ha trabajado en el sector?

Diría que es un libro sobre personas, no sobre máquinas.

La tecnología es el escenario, pero los protagonistas somos nosotros. Durante décadas hemos utilizado cada avance para ampliar nuestras capacidades, pero esos mismos avances también han ido transformando silenciosamente nuestra forma de trabajar, de relacionarnos y de decidir.

El libro plantea una pregunta muy sencilla: si el progreso avanza más rápido que nuestra capacidad para comprenderlo, ¿nos estamos deteniendo lo suficiente para pensar hacia dónde nos lleva?

Bloque IV — El autor y el lector

El libro se cierra con un epílogo muy personal, paseando con tu perro Eddie por un antiguo cuartel de Barcelona donde hiciste el servicio militar. ¿Por qué terminar unas memorias sobre el futuro digital en un lugar tan ligado al pasado?

Porque después de cincuenta años mirando hacia el futuro sentí la necesidad de volver al origen.

Ese paseo con Eddie no es solo un recuerdo personal. Es un momento de reconciliación entre distintas etapas de mi vida.

A lo largo del libro aparecen tecnologías, empresas y cambios históricos. Sin embargo, al final comprendí que lo verdaderamente importante no era ninguna de esas cosas, sino la persona que había vivido todo el recorrido.

Quise cerrar allí porque el futuro solo adquiere sentido cuando entendemos de dónde venimos.

¿A quién imaginas leyendo Mientras se construía el futuro: a quien ha vivido esta revolución desde dentro, como tú, o a las nuevas generaciones que solo conocen el mundo después de internet?

Espero que lo lean tanto quienes vivieron esta transformación como quienes han nacido en un mundo completamente digital.

Los primeros encontrarán tecnologías, empresas y acontecimientos que formaron parte de su propia experiencia. Los segundos descubrirán que nada de lo que hoy consideran normal apareció de repente, sino que es el resultado de décadas de innovación, aciertos y errores.

Si el libro consigue tender un puente entre esas dos generaciones, sentiré que ha cumplido su propósito.