Hay libros que se leen y libros que se atraviesan. Pasajes, de Juan Carlos Fernández Castrillo, pertenece a la segunda clase: su título nombra a la vez el fragmento de un texto, el billete de un viaje y el corredor por el que se pasa sin quedarse. El lector entra por una puerta y sale por otra distinta, y en el camino descubre que el que sale no es exactamente el mismo que entró. Ese desajuste —el de quien vuelve y ya no se reconoce— es el motor secreto del libro.
Publicado por Autografía en agosto de 2026, el volumen se organiza en cinco secciones que funcionan como cinco temperaturas distintas de una misma voz. «Pasajes de retorno» reúne parejas de poemas de cinco alejandrinos, sin una sola coma, donde cada título anuncia un par —dos citas, dos cuadros, dos días, dos miedos, dos museos— y cada par ensaya una simetría que enseguida se rompe. «Planes futuros», en sus dos partes, abandona el corsé métrico para dejar entrar el aforismo, la ironía y los nombres queridos: Celan, Les Murray, Cortázar, Cummings. «Pasajes de huida» baja el tono a cuaderno de bitácora, con fechas, insomnios y canciones de Sinatra puestas al azar. Y «Otrosí» cierra con una fórmula tomada del lenguaje jurídico, ese añadido que se escribe cuando ya se creía dicho todo.
Lo que sostiene esta arquitectura es una obsesión doble: el tiempo y el reflejo. El tiempo aquí no avanza, se contabiliza —«se cuenta o se descuenta»— y a veces retrocede, tartamudea o se para en relojes que no lo entienden. Los espejos, por su parte, fallan siempre: se cansan de aguantar miradas, esconden la noche, dejan de reconocer al que se asoma. De esa avería nace la pregunta que recorre el libro entero, la misma que Lezama Lima deja plantada en el pórtico: si en la semejanza cabe de verdad toda la pluralidad, o si lo que se parece a nosotros es justamente lo que ya no somos.
en ritos y pasajes que no tienen retorno
De Pasajes
Sería injusto, sin embargo, presentar Pasajes como un libro sombrío. Fernández Castrillo maneja un humor seco que aparece justo donde más duele: una receta médica de puestas de sol que se ha perdido y sin la cual la farmacia se niega a servirlas; unos cantos de sirena que resultan ser de karaoke; un «Yo Tarzán, tú Jane» que se degrada en insulto cariñoso hasta desarmar por completo la escena amorosa. Ese vaivén entre la solemnidad del alejandrino y la carcajada amarga es una de las cosas más singulares del conjunto, y lo que impide que el libro se instale en la queja.
Hay también una dimensión bilingüe y afectiva que merece atención. El último poema de la primera sección se dice dos veces, en español y en catalán, como homenaje a Salvador Espriu y como demostración práctica de la tesis del libro: dos voces en la lengua para el mismo amor que ilumina dos casas. La traducción no es aquí un servicio, sino un tema —una forma más de ese «volver a mirarnos» con el que arranca el volumen.
Pasajes interesará a quien busque poesía contemporánea que no renuncie ni al oficio métrico ni a la respiración del habla, y a quien disfrute de los libros construidos como itinerarios más que como colecciones. Se lee entero de una sentada y luego se vuelve a él por partes, que es probablemente la manera correcta de leer un libro sobre el retorno.
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Juan Carlos Fernández Castrillo · Autografía · ISBN 979-13-88470-48-6
Entrevista con Juan Carlos Fernández Castrillo
Bloque I — Origen y proceso creativo
«Pasajes» es una palabra que puede significar tránsito, fragmento de un texto o billete de viaje. ¿Con cuál de esos sentidos empezó el libro y con cuál terminó?
La polisemia siempre funciona como recurso poético, porque permite que el auténtico protagonista —la persona lectora— haga que el poema exista de verdad. Más que empezar y terminar, los sentidos se intercambian, se persiguen y se confunden.
El título tiene dos referencias concretas: una es biográfica, y remite a un «pasaje» que recorría los bajos de un edificio y conectaba dos calles de Madrid (hoy convertido en una tienda de una conocida cadena española de supermercados); para mí era pasar a otro lugar transmutado de la realidad y regresar a casa después. La otra es la lectura de una obra extraordinaria en muchos sentidos de Walter Benjamin, el Libro de los pasajes.
El volumen se abre con dos citas, una de Lezama Lima sobre la pluralidad en la semejanza y otra de Espriu sobre el camino sin retorno. ¿Fueron un punto de partida o un hallazgo posterior?
La cita de Salvador Espriu es previa y, en cierto modo, ofrece la idea y la imagen que crean el espacio del poemario. Espriu no es un autor que reciba la atención y la admiración que se merece, al menos entre los castellanohablantes (aunque hay una edición bilingüe extraordinaria en Llibres del Mall, Sèrie Ibèrica, de Sánchez Robayna y Pinyol Balasch). Cito también, por tanto, una de mis influencias: recomiendo en especial sus libros Formes i paraules y Per al llibre de salms d’aquests vells cecs.
Cortázar fue un reencuentro cuando estaba ordenando los distintos textos del libro; me parece que resume, si ello es posible, alguno de los ecos que espero que resuenen en los lectores y las lectoras.
La primera sección impone una forma muy estricta: pares de poemas de cinco alejandrinos, sin puntuación. ¿Qué le da esa restricción que no le daría el verso libre?
Conocí a José Luis Cano, entonces director de la revista Ínsula y el primero que publicó algunos de mis poemas, en las tertulias madrileñas de los años ochenta y noventa del pasado siglo, cuando todas eran en vivo y en directo. Él me aconsejó que entrenara y practicara con las formas clásicas, en especial el soneto, por la disciplina y el aprendizaje del ritmo dentro de unos parámetros definidos. De hecho, conservo algunos sonetos con sus impecables y precisas observaciones.
Aquí me sirvo de este tipo de versificación, el alejandrino, de larga tradición, que utilizo para transmitir cierta solemnidad reflexiva y de largo aliento, combinada con otro recurso poético: eliminar la puntuación interna para ofrecer otro juego de lectura. Aunque la mayoría de mis libros están compuestos con lo que, para entendernos, denominamos versos «libres», porque entiendo que todos son libres, aunque utilicen distintas reglas de juego.
Uno de los poemas confiesa haber perdido el instante «al contar con los dedos / las sílabas precisas». ¿Cuánto hay de método y cuánto de oído en su manera de medir el verso?
Interesante reflexión la que me permite esta pregunta. Me lleva a los tiempos escolares, cuando aprendíamos las herramientas de la medida, la rima y la estrofa para entender algo de eso que decían que era la poesía. Después me encontré con que el ritmo es anterior y consustancial al decir de la poesía: se hace con palabras, pero se sostiene en el ritmo.
En otro lugar he ofrecido mi definición de «poesía» —cada poeta, si le insisten un poco, le ofrecerá la suya—: entiendo que la poesía es la semántica del ritmo, al tiempo que el ritmo de la semántica. Dedique unos momentos, si algo le sugiere, a repensar esta definición; parece más abstracta de lo que realmente es.
¿Cómo decidió el orden de las cinco secciones? ¿El retorno tenía que venir antes que la huida?
Estos últimos meses, al calor de la película de Nolan, La Odisea, hemos vuelto a reflexionar sobre el nostos, la nostalgia y el regreso a la Ítaca de cada uno, si algo así existe en la biografía de cada cual. En este libro juego con esa idea, pero le doy un giro para provocar que te detengas, escuches y te preguntes si siempre hay que regresar a algún lado —personas y circunstancias incluidas—, o si ello es siquiera posible.
Bloque II — Temas centrales
El tiempo aparece detenido, descontado, tartamudo, girando hacia otro lado. ¿Qué idea del tiempo sostiene el libro?
¿Quién dijo aquello de «somos el tiempo que nos queda»? Si la definición es acertada, entonces digo: leamos y escribamos. Este librito es solo una oportunidad más para ser y llenar y recrear ese tiempo.
Siempre me ha interesado la conceptualización física —y, antes y después, filosófica— de este constructo. Yo, que no tengo la formación de quienes, llamémosles pensadoras, se ocupan de ello, pero sí la curiosidad y el ejercicio de la literatura, hago mis aportaciones con mis herramientas.
Los espejos recorren todo el volumen y casi siempre fallan: no reconocen, se cansan, ciegan. ¿Por qué esa desconfianza en el reflejo?
El «tema» del espejo —lo califico así— tiene una larguísima tradición en la literatura, especialmente en la poética, por lo que tiene de paradigma de la identidad y de la construcción como sujeto. Uno de mis poemarios, Equívocos de espejo, se dedica de lleno a explorar este punto: cincuenta personas y personajes, reales o de ficción, dialogan allí con sus espejos.
Aquí lo utilizo también, y recuerdo lo que dice Borges: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos». No se puede resumir mejor. ¿Qué podrán reflejar entonces? ¿Cómo fiarse de nosotros mismos en la tramposa simetría?
Hay una serie de poemas construidos sobre la negación —«El fin no justifica los medios», «no me vas a encontrar»—. ¿Escribe usted más desde lo que se afirma o desde lo que se retira?
No era muy consciente de esta circunstancia, de haber utilizado el recurso de la negación para permitir a los lectores la reafirmación cuando sustancien las ideas, las imágenes y las palabras. Si me retiro —o retiro al yo poético—, queda el espacio libre. Me interesa mucho la teoría de la recepción; tal vez esa sea una de las razones que respondan a la pregunta.
La sección final se titula «Otrosí», un término del lenguaje jurídico. ¿Qué le interesaba de esa fórmula de añadido?
No tengo formación jurídica, pero la idea de que nada se termina, de que nada se puede dar por concluido, porque siempre cabe otro matiz, otra interpretación, otro contexto para perfilar y entender de un modo otro —otrosí—, me resulta especialmente interesante.
Algunos poetas y algunas poetas mantienen que los textos no se finalizan, se abandonan, cuando el aliento o el ritmo poético cede o se debilita, para no dejarlo morir, si me permite la metáfora. Algo de ello hay, al menos para mí, con algunos textos.
¿Qué papel juega el humor —Tarzán y Jane, el karaoke, la receta perdida de puestas de sol— en un libro tan atravesado por la pérdida?
Es lo más difícil, al menos para mí: integrar un elemento como el humor. Y no porque entienda que así se pierde solemnidad; antes al contrario, es un componente humano fundamental. Creo que, aun cuando no fluya de manera fácil y tenga que desdibujarse o travestirse de ironía, acidez o sarcasmo, aporta notas y matices diferentes, que merecen atención.
Bloque III — Voces, homenajes y destinatarios
Cortázar, Joyce, Celan, Espriu, Les Murray, Cummings, Benedetti, Sinatra, Okakura: el libro está poblado de otras voces. ¿Son homenaje, conversación o andamiaje?
De nuevo, ante esta pregunta tengo que reconocer que participan de todas estas ideas. Son homenajes explícitos o implícitos, por admiración y reconocimiento del taller de aprendizaje de las lecturas. Pero también conversación: el diálogo implícito con otros autores y autoras —no quiero dejar de citar a M.ª Victoria Atencia, Clara Janés, Alejandra Pizarnik, Emily Dickinson, Szymborska, Sharon Olds…— debe ser observado. Y también hay lo que supone de armazón y modelaje para construir el libro y dotarlo de más ecos.
El poema final de la primera sección se dice dos veces, en español y en catalán. ¿Qué cambia el poema al cambiar de lengua?
Cada lengua es un mundo diferente. Algunas conservan entre sí parecidos familiares de orígenes comunes; otras son vecinales y se benefician de los fértiles contagios; otras, tan lejanas, son un constante redescubrimiento de cada cosa y de muchas emociones que las palabras remedan. La traducción es siempre una recreación: en otro poemario de reciente aparición, Haïkus parisiens, bilingüe español-francés, me ocupo de este asunto.
Estudié francés en los años escolares, el inglés es mi segunda lengua, y leo en català, galego, italiano y portugués, con algunas ayudas.
¿Hay un tú concreto en «Pasajes de huida» o el destinatario es también una construcción del poema?
Esta es la pregunta más cómoda de responder. Suelo decir —con Juan Ramón Jiménez— que también escribo para la inmensa minoría, y espero que esa minoría inmensa encuentre en estos poemas aquello que yo ni siquiera sabía que podía estar ahí. Igual que no soy «yo», sino el «yo lírico», quien se expone, hay un tú lector o escuchante que se atreve y ofrece también su parte.
Bloque IV — El autor y el futuro
Los «planes futuros» del título de la segunda sección los dictan las sombras y los apostilla cada septiembre. ¿Qué queda de proyecto y qué de ironía en ese título?
Si he conseguido que las dudas y las preguntas persistan y se multipliquen, habré conseguido que sea un proyecto de aprendiz abierto, con sus gotas de ironía, que nunca están de más.
¿Qué está escribiendo ahora y en qué se parece —o no— a este libro?
Un editor amigo dice que todos mis libros son diferentes, cada uno distinto de los anteriores; que puede reconocer algunas melodías y el ritmo que soporta la voz, pero sin repetir la fórmula. No sé si a la altura de otros conocidos heterónimos —pensemos en Pessoa—, pero sí con una voluntad de exploración.
Estoy trabajando en un segundo libro de aforismos, porque el primero ya está buscando su lugar; y en otro más cercano a la metapoesía y al taller de la escritura poética.