En La dama del manto rojo, el horror se mezcla con la poesía y lo espiritual. Ambientada en Regla, un pueblo cubano cargado de misticismo, la novela sigue a Samuel, un joven que hereda un destino marcado por el silencio y el fuego. Frente a él aparece la misteriosa Dama del Manto Rojo, figura espectral que convoca a Káfrax, una entidad demoníaca que desgarra la realidad. Con un lenguaje cargado de simbolismo, el autor construye un relato que explora la memoria ancestral, la herencia espiritual y la lucha entre lo sagrado y lo maldito

15 preguntas para conocer mejor al autor y su proceso de creación


1. ¿Qué significa para ti “La dama del manto rojo”?

Para mí, La Dama del Manto Rojo es mucho más que un personaje o un título: es una metáfora viva de aquello que nos persigue aunque intentemos negarlo. Ella representa la frontera difusa entre lo sagrado y lo maldito, entre la fe que ilumina y la fe que oprime. Su manto rojo no es solo un símbolo estético, sino el tejido de la memoria y la herencia: la sangre de los que vinieron antes, las cicatrices de lo que no se dijo, el peso de una historia que se transmite en silencio y que, al no ser narrada, regresa como sombra. La Dama, con sus ojos de espejo, devuelve a cada personaje —y al lector— la imagen de lo que se ha intentado ocultar. Su presencia no puede reducirse a la figura del espectro clásico: ella es madre, guardiana, demonio y oráculo al mismo tiempo. Encarna la fuerza femenina en su versión más radical, aquella que puede proteger o destruir, aquella que se manifiesta cuando los límites de lo humano se quiebran. En ese sentido, significa la encarnación de la memoria misma: una memoria que no pide permiso, que irrumpe, que exige ser reconocida aunque duela.

En lo personal, escribirla y darle voz ha sido como enfrentar mis propios fantasmas. Ella no solo se mueve dentro de la ficción de Regla; también atraviesa las fisuras de mi propia biografía, de mis lecturas y de mi manera de entender el horror. Para mí, la Dama es un recordatorio de que el verdadero infierno no son las entidades ajenas, sino las memorias heredadas, los silencios familiares, las ausencias que nunca se nombraron. En su manto rojo está la advertencia y al mismo tiempo la posibilidad de redención: solo enfrentando lo que nos aterra podemos intentar transformarlo.

2. ¿Cómo nació la idea de esta historia?

La semilla de La Dama del Manto Rojo nació en mi juventud, en una noche que aún conservo grabada con absoluta claridad. Asistí a un toque de santería, rodeado por el ritmo incesante de los tambores que parecían abrir un espacio distinto dentro de la realidad. En medio de aquel trance colectivo, apareció una mujer de unos ochenta, quizá ochenta y cinco años. Su cuerpo frágil se transformó en un vehículo de fuerza: comenzó a danzar con una vitalidad sorprendente, como si los tambores la poseyeran y la elevaran. De pronto, en el clímax de la ceremonia, la mujer cayó al suelo como si hubiera perdido el conocimiento. Hubo confusión, un silencio tenso que cortó la música. Minutos después llegó una ambulancia y un médico la reviso pronunciando una frase que aún me estremece: aquella mujer llevaba entre seis y ocho horas muerta. El desconcierto de ese momento, la sensación de que la realidad misma había sido atravesada por algo inexplicable, se convirtió en una marca imborrable. Ese fue el inicio verdadero de la trama, La Dama del Manto Rojo nació como una transfiguración de aquella anciana: una mujer que camina entre dos mundos, que desarma lo que creemos seguro, que nos obliga a mirar lo imposible.

Lo que vi esa noche me enseñó que el horror no está en la invención pura sino en la forma en que lo real se abre en fisuras. La novela comenzó allí, en esa grieta, en ese encuentro entre lo visible y lo imposible.

3. ¿Qué papel juegan tus raíces afrocubanas en la novela?

Mis raíces afrocubanas, profundamente marcadas por la tradición familiar —mi padre es babalao— son la savia que alimenta cada página de La Dama del Manto Rojo. No podría concebir esta novela sin la sonoridad de los tambores, la fuerza de los rezos, los silencios cargados de misterio y la profunda espiritualidad que forman parte de mi herencia. Desde niño comprendí que la fe en Regla no es solamente religión, sino también memoria, comunidad y resistencia. Los espíritus, los cantos y las ofrendas eran una manera de dialogar con lo invisible y esa misma relación con lo sagrado impregna la atmósfera de la novela. Al escribir, no buscaba una representación folclórica ni un retrato superficial de la santería o de las tradiciones afrocubanas. Lo que me interesaba era rescatar esa intensidad vital donde lo humano y lo espiritual se encuentran, a veces en armonía, a veces en conflicto. La Dama del Manto Rojo encarna ese cruce: un personaje nacido de lo ancestral, pero que también dialoga con el presente, con las heridas que aún atraviesan nuestras comunidades. Mis raíces familiares me dieron no solo símbolos y mitos, sino también una sensibilidad particular: la certeza de que la música puede abrir puertas, que la palabra puede invocar presencias y que la memoria de los ancestros sigue latiendo en nosotros aunque no siempre la reconozcamos. La novela es, en muchos sentidos, un homenaje a esa herencia, a la transmisión espiritual y ritual que me legó mi familia y a la fuerza viva de una tradición que continúa moldeando mi escritura y mi manera de percibir el mundo.

4. ¿Por qué decidiste unir horror y poesía en un mismo relato?

Porque la vida misma me enseñó que el horror no siempre se manifiesta con gritos y sangre, sino con silencios que pesan, con recuerdos que no se nombran, con presencias que se sienten aunque no se vean. Y ante ese horror íntimo y espiritual, la poesía fue mi refugio y mi arma. Decidí unir horror y poesía porque entendí que uno sin la otra quedaba incompleto: el horror desnudo puede asfixiar, pero la poesía lo transforma en canto, lo hace soportable y sobre todo, lo vuelve bello en su crudeza. En mi experiencia, la poesía no suaviza lo terrible, sino que lo ilumina desde un ángulo distinto. Un verso puede ser tan punzante como un grito; una metáfora puede abrir una herida con más intensidad que una escena explícita. Por eso la Dama canta, por eso Samuel escucha ecos en forma de imágenes poéticas: porque en ese canto está la llave para nombrar lo que de otro modo resultaría insoportable. Unir horror y poesía fue, en definitiva, un acto de fidelidad a lo que soy, vengo de una tradición donde los rezos, los cantos y las palabras tienen poder real y sabía que la novela debía respirarlo. El horror abre la grieta; la poesía permite atravesarla.

5. ¿Cómo influyó tu trayectoria como cantante lírico en tu escritura?

Mi trayectoria como cantante lírico influyó en mi escritura de manera profunda, casi invisible pero esencial. En la ópera aprendí que la voz no es solo sonido, sino carne, memoria y emoción condensada. Cada aria, cada frase cantada con el diafragma, es un viaje que atraviesa el cuerpo y lo entrega al público. Esa experiencia de habitar el lenguaje desde la música me enseñó a escuchar la palabra de otra manera.

Al escribir La Dama del Manto Rojo, no pensé en frases como simples oraciones, sino como líneas melódicas. Los silencios en el texto tienen tanto peso como los silencios en una partitura; el ritmo del tambor o del canto de la Dama resuena en la misma cadencia con que se sostiene una nota larga en un teatro. La ópera me enseñó que el arte no es sólo narrar, sino generar una atmósfera que envuelva, que asfixie o que eleve, y eso mismo quise trasladar a la novela. Además, la lírica me dio una relación íntima con la respiración. Y escribir horror espiritual también exige respiración: avanzar con calma, sostener la tensión, permitir que el lector se quede sin aliento en el momento justo. Si la novela tiene un pulso poético y musical, es porque mi voz, entrenada para cantar, sigue acompañándome en cada línea escrita. En síntesis, la trayectoria como cantante lírico aportó a mi escritura una sensibilidad hacia la musicalidad del lenguaje y una búsqueda de intensidad emocional que convierte a la novela en un espacio donde horror y belleza se entrelazan como en una ópera oscura.

6. ¿Hubo alguna vivencia personal que marcara esta obra?

Sí, La Dama del Manto Rojo no podría existir sin una vivencia que me marcó desde muy joven, cuando asistí a una ceremonia de santería donde los tambores no eran solo música sino un pulso que parecía abrir grietas en el mundo. En medio de aquel ritual, una mujer anciana, de más de ochenta años, comenzó a danzar con una fuerza imposible. Sus movimientos eran puro trance, una entrega total al ritmo. De pronto cayó desplomada como si la vida se le hubiera escapado. La tensión en la sala fue inmensa, recuerdo que todos guardamos silencio hasta que escuchamos el diagnóstico que fue aún más inquietante: aquella mujer llevaba entre seis y ocho horas muerta. Esa experiencia me atravesó por completo. Fue como si la realidad se hubiera rasgado frente a mis ojos, como si hubiera presenciado que lo imposible podía irrumpir en lo cotidiano. Desde ese día supe que la literatura debía ser capaz de narrar esas fisuras: momentos en los que lo real se quiebra y deja asomar lo inexplicable. Esa anciana fue, sin saberlo, la primera encarnación de la Dama del Manto Rojo: un cuerpo que danza entre la vida y la muerte, una memoria que se niega a desaparecer.

7. ¿Qué autores o tradiciones literarias te inspiran?

Me inspiran tanto las voces cercanas a mis raíces como las que provienen de otros horizontes. En mi memoria siempre están los relatos orales afrocubanos, con sus cantos, mitos y figuras que transitan entre lo humano y lo divino. Esa tradición me dio el pulso y la atmósfera de La Dama del Manto Rojo. Al mismo tiempo, me formé leyendo a autores que hicieron del horror y lo fantástico un espacio de exploración poética y emocional. Me marcaron voces universales del horror, como Edgar Allan Poe, con su obsesión por el límite entre vida y muerte; H. P. Lovecraft, con sus grietas cósmicas. No puedo dejar de mencionar a Stephen King, cuya maestría para convertir lo cotidiano en horror palpable me enseñó que el miedo puede surgir de lo más cercano y familiar, transformando la vida diaria en territorio inquietante. King me inspira en la construcción de atmósferas densas y en la habilidad de mantener al lector al borde, sin sacrificar profundidad emocional ni complejidad de personajes. Todos ellos me inspiran porque convierten lo oscuro en lenguaje y porque me recuerdan que escribir horror es también escribir historia, memoria y herencia.

8. ¿Cuál fue el mayor reto durante el proceso de escritura?

El mayor reto fue mantener el equilibrio entre el horror y la poesía, entre lo espiritual y lo narrativo sin que la historia se convirtiera ni en un relato puramente terrorífico ni en un poema extenso. Quería que el lector sintiera la asfixia del horror, la grieta en la realidad que atraviesa Samuel, pero también que percibiera la musicalidad de los tambores, la resonancia de los cantos y la belleza poética del lenguaje. Ese equilibrio fue delicado: un exceso de descripción podría diluir la tensión; un exceso de horror podía opacar la profundidad emocional y simbólica. Otro reto importante fue transmitir las experiencias espirituales y las tradiciones afrocubanas sin caer en la superficialidad ni en la exotización. La novela debía respetar la fuerza y el misterio de la santería y la memoria de Regla, pero al mismo tiempo transformar esos elementos en literatura. Mantener la autenticidad, la densidad simbólica y la carga emocional fue un trabajo constante, casi ritual, que exigió revisiones profundas y paciencia para dejar que la historia encontrara su propio ritmo.

9. ¿Qué simboliza Káfrax en la historia?

Káfrax simboliza aquello que heredamos sin saberlo, los silencios, las ausencias y los traumas que permanecen latentes en la memoria de un pueblo y en la sangre de quienes lo habitan. No es simplemente un demonio externo, sino una fuerza que habita las grietas del mundo y los nombres olvidados, recordándonos que hay límites de la realidad que pueden romperse si no se los enfrenta. Para Samuel, Káfrax representa el dilema humano entre huir y asumir la responsabilidad de lo que nos pertenece, incluso si eso implica sacrificio. Su presencia nos recuerda que la memoria y la herencia no son inofensivas: lo que no se nombra, lo que se ignora o se reprime puede volverse destructivo y exigir un precio. Káfrax en ese sentido es espejo de nuestros miedos, de nuestras sombras y del precio de mirar lo que otros prefieren no ver.

10. ¿Qué esperas que el lector sienta al cerrar el libro?

Espero que el lector cierre La Dama del Manto Rojo con una sensación de asombro y reverencia por lo que permanece invisible, quiero que sienta la intensidad de la memoria viva, que reconozca el peso de los silencios heredados y que perciba que el horror no siempre está en lo externo sino en aquello que llevamos dentro. Al mismo tiempo deseo que exista un dejo de belleza y esperanza: la narrativa poética debe permitir respirar incluso entre las escenas más asfixiantes, que el lector perciba que mirar lo que otros eligen no ver tiene un precio pero también una recompensa: el reconocimiento de la fuerza de la memoria, de la herencia y de la posibilidad de enfrentar lo oscuro con valentía. En definitiva espero que al cerrar el libro el lector se sienta transformado, como si hubiera atravesado una grieta que le mostró los límites de la realidad y la profundidad de lo invisible, y que esa experiencia quede resonando mucho después de la última página.

11. ¿Qué importancia tienen los tambores y la música en tu narrativa?

Los tambores y la música son para mí el latido mismo de la historia. En La Dama del Manto Rojo no son solo elementos de ambiente o color local: son fuerza vital, vehículo de lo espiritual y un medio para abrir grietas en la realidad. Cada golpe de tambor marca un ritmo que atraviesa los cuerpos de los personajes y del lector generando tensión, trance y anticipación. La música también cumple un papel narrativo profundo: actúa como lenguaje no verbal, como canal de emociones, recuerdos y presencias invisibles. Los tambores anuncian la llegada de lo sagrado y de lo peligroso, marcan los momentos de posesión y diálogo con lo espiritual y dan cadencia a la prosa poética que atraviesa la novela. Para mí escribir sobre música es escribir sobre vida: el ritmo que se percibe en cada línea refleja la pulsación del mundo que intento retratar.

12. ¿Cómo conviven lo religioso y lo demoníaco en tu obra?

En La Dama del Manto Rojo, lo religioso y lo demoníaco conviven como dos caras de una misma grieta. La fe y la devoción no eliminan el peligro; al contrario, lo potencian, porque la espiritualidad intensa crea un terreno donde lo invisible puede manifestarse de manera tanto protectora como destructiva. Los rituales, los cantos y la música no son solo símbolos de devoción sino herramientas que pueden abrir puertas o sellarlas, y allí surge lo demoníaco: Káfrax y otras fuerzas no actúan como villanos externos sino como reflejo de los desequilibrios que existen cuando la memoria y la herencia no son reconocidas.

Lo religioso y lo demoníaco se entrelazan constantemente: la Dama del Manto Rojo no solo convoca lo oscuro sino que también recuerda lo sagrado. Esa convivencia crea una tensión que atraviesa a los personajes y al lector recordando que el límite entre protección y peligro, entre lo divino y lo maldito es siempre frágil y permeable.

13. ¿Qué opinas del miedo como motor narrativo?

Desde una perspectiva crítica, el miedo funciona como dispositivo estructural y estético. No se limita a generar sobresaltos, sino que organiza la narrativa, modulando la tensión y la cadencia del relato. En La Dama del Manto Rojo, el miedo está ligado a la incertidumbre ontológica: la percepción de la realidad se fragmenta, las reglas del mundo se vuelven permeables y el lector experimenta la vulnerabilidad del conocimiento y la memoria. El miedo también actúa como vehículo simbólico: representa la herencia no reconocida, el trauma intergeneracional y la ambigüedad moral entre lo sagrado y lo profano. De esta manera, se convierte en motor narrativo porque guía el arco de los personajes, estructura los clímax y permite que la atmósfera poética y asfixiante de la novela funcione simultáneamente en el plano emocional, simbólico y espiritual.

14. ¿Qué deseas transmitir sobre la memoria heredada y el linaje?

Deseo transmitir que la memoria heredada no es un simple recuerdo: es carne, sangre y espíritu. En la novela lo que se hereda puede ser silencioso, invisible o incluso doloroso pero tiene el poder de transformar a quienes lo reciben. Samuel no sabe que pertenece a un linaje marcado por lo espiritual y lo ancestral; su historia muestra que la herencia si no se reconoce puede manifestarse como grieta, como presencia inquietante y como fuerza que exige un precio. La memoria heredada también es fuerza y guía: reconocer el linaje implica asumir la responsabilidad de la propia historia, aceptar tanto la luz como la sombra que lo componen. Quiero que el lector entienda que mirar lo que se hereda aunque asfixie o asuste permite comprender la identidad, los vínculos y la profundidad de la vida que nos atraviesa.

15. ¿Planeas seguir explorando el horror místico en tus próximas obras?

Sí, el horror místico no es solo un género para mí sino un lenguaje que permite explorar la memoria, la identidad y lo espiritual desde lo más íntimo hasta lo colectivo. Cada grieta, cada presencia invisible, cada canto o tambor es un medio para dialogar con lo que llevamos dentro y con aquello que nos trasciende revelando los límites de la realidad y las sombras de nuestra herencia. Aunque continuaré explorando el horror místico, también me interesa incursionar en otros tipos de terror y experimentar con géneros distintos. Actualmente, se encuentra en proceso mi novela negra, que próximamente saldrá a la luz y que representa otra faceta de mi exploración narrativa. Mis próximas obras buscarán nuevos ángulos: personajes diferentes, otras tradiciones espirituales y formas renovadas de conjugar poesía, música y horror. La intención es expandir los horizontes de mi narrativa manteniendo la intensidad emocional y la carga simbólica que caracteriza mi escritura.

Para mí este camino no se agota: la literatura mística y el horror espiritual siguen siendo herramientas para interrogar la realidad, explorar los linajes heredados y cuestionar los límites entre lo visible y lo invisible mientras descubro nuevas formas de crear atmósferas que desafíen al lector y lo sumerjan en lo profundo de la experiencia humana y espiritual.