Dostoyevski ya lo advirtió en el epígrafe: «No me gusta leer las inscripciones en las tumbas; siempre son las mismas». Chema Tenías le ha hecho caso.

Toda una vida para esto es un libro que hace lo que ningún camposanto se ha atrevido: decir la verdad. No la verdad piadosa, no la de las flores de plástico y los «D.E.P.» de siempre. La otra. La que todos pensamos y nadie graba en la lápida porque el difunto ya no puede protestar.

El libro reúne más de ciento veinte epitafios inverosímiles organizados en siete secciones de una precisión casi taxonómica: el asombro existencial de quien llega allí sin haberlo planeado del todo, las quejas prácticas del que descubre que morir tiene inconvenientes logísticos, la sinceridad extrema de las familias que por fin pueden decir lo que piensan, los problemas de convivencia con los vecinos de nicho, la guía turística del más allá con advertencias sobre Cancerbero y los trenes de cercanías, los poetas que siguen hablando desde la piedra y, finalmente, los peores de todos.

«Todo aquel que lea este epitafio morirá, tarde o temprano. D.E.P. (Debes de Estar Preparado)».

Lo que hace Tenías en estas páginas no es solo humor. Es filosofía. Detrás de cada D.E.P. reinterpretado —«Descansemos En Paz», «Dentro Estoy Parado», «Dejadme En Paz», «Descomponte En Paz»— hay una pregunta seria sobre cómo vivimos, qué dejamos y quién decide cómo nos recuerdan.

Cada sección cierra con un epílogo de prosa brillante que eleva el conjunto por encima de la antología de chistes. Tenías escribe bien, y lo sabe. Los epitafios son el anzuelo; la reflexión sobre la vida y la muerte es el fondo verdadero del libro.

El último nicho del libro no tiene nombre. Nos pertenece a todos. Y la pregunta que deja —¿qué epitafio merecemos?— es de las que no se olvidan con facilidad.

«Aquí yace uno que se cansó de esperar al final de la película».

«Tu esposa e hijos nunca te olvidarán, cabrón».

«Si te crecen alas, vuela lejos. Si te crecen cuernos y rabo, corre lejos».

Toda una vida para esto es el libro perfecto para regalar a alguien que se toma demasiado en serio. O para regalarse a uno mismo.


15 preguntas para el autor

Conversación con Chema Tenías. Una entrevista con el autor sobre los epitafios, el humor negro, la muerte y todo lo que no solemos decir en voz alta.

1. ¿Cómo nace un libro de epitafios inverosímiles? ¿Hubo un epitafio concreto —leído en un cementerio, escuchado en una conversación— que desencadenó todo?

Desgraciadamente, en los últimos cinco años de mi vida he tenido que hacer demasiadas visitas a cementerios por defunciones de familiares y amigos. Es inevitable en estas visitas hacer un recorrido por las lápidas de otros conocidos. Me llama la atención la poca originalidad de los epitafios, la simpleza de estos y, sobre todo, lo poco que representan al finado. Por ello, empecé a escribir en mi tiempo libre epitafios que hubieran sido más acordes con la vida de los ahí enterrados.

2. Arranca con una cita de Dostoyevski: «No me gusta leer las inscripciones en las tumbas; siempre son las mismas». ¿Este libro es, en cierto modo, una respuesta a Dostoyevski?

Soy un lector apasionado de Dostoyevski porque es un autor que retrata la psicología de sus personajes de una forma cruda y sincera. No me extrañó encontrar esta cita en un escritor tan buen conocedor de las miserias humanas.

3. La estructura del libro es muy precisa: siete secciones, cada una con su epílogo de prosa. ¿Esa arquitectura estaba clara desde el principio o fue emergiendo?

La verdad es que la clasificación en secciones fue a posteriori, al descubrir que emergían grupos temáticos que podían explicar mejor la naturaleza e intencionalidad de los epitafios reunidos. La prosa intenta explicar de alguna manera las principales características de los epitafios.

4. Los D.E.P. reinterpretados —«Descansemos En Paz», «Dentro Estoy Parado», «Debo Estar Presentable»— son uno de los recursos más brillantes. ¿Fue el primer recurso que encontró o el último?

Fue surgiendo al comprobar que el D.E.P. se podía interpretar de muchas maneras, algunas de ellas adaptadas al mensaje del epitafio.

5. «Toda una vida para esto» es un título que funciona como epitafio en sí mismo. ¿Qué le supuso elegirlo? ¿Hubo otros títulos candidatos?

El primer título del libro fue el de «Epitafios inverosímiles», pero creo que el título actual resume mucho mejor, y con ironía, el sentido de un mensaje final que todos (o casi todos) podríamos aceptar.

6. La sección «Familia, dulce familia» es feroz. «Tu esposa no te olvida. Y tampoco te perdona». ¿Tuvo que ponerse a cubierto antes de publicar?

La familia no es más que un conglomerado de vidas entrelazadas por lazos de sangre. Sin embargo, estos lazos no siempre son positivos y bien intencionados. Todos conocemos el alivio de muchas familias cuando entierran a algún familiar especialmente problemático. Lo que pasa es que, por desgracia, nunca quedará reflejado en su epitafio.

7. Los epílogos de cada sección elevan el libro más allá del humor. ¿Fue esa la intención desde el principio: que el humor fuera la entrada y la filosofía el fondo?

El humor es una herramienta tan versátil que nos permite afrontar los temas más serios, incluida la muerte, desprovistos de la trascendentalidad y dramatismo que muchos le adjudican a estos temas. Sin humor la vida no merece la pena; sin humor moriremos de aburrimiento y tristeza.

8. ¿Hay alguno de los más de ciento veinte epitafios que le costó especialmente escribir? ¿Y alguno del que esté especialmente orgulloso?

Siempre llevo una pequeña mochila con una libreta y bolígrafo. La inspiración te puede coger en cualquier sitio. Todos los epitafios nacieron de un estímulo o un fogonazo espontáneo que me resulta imposible explicar. No tengo ninguno preferido, pero les tengo especial cariño a los de la selección de los poetas.

9. La sección «Los peores de todos» dice algo incómodo: que la muerte no mejora a la gente. ¿Es una opinión personal o una observación?

Hay gente miserable que ha maltratado a su propia familia, que ha traicionado a sus amigos, incluso que ha preferido dejar a sus herederos con el culo al aire. No sé por qué los epitafios siguen siendo tan benévolos con estos individuos.

10. ¿Qué epitafio le gustaría que le pusieran a usted? ¿Lo tiene ya redactado?

Elegiría el del título, junto al de «Papá: la Wii sigue preguntando por ti». Es un epitafio que representa la continuidad del mundo a pesar de tu ausencia en él.

11. El humor sobre la muerte tiene una larga tradición —desde los epigramas latinos hasta Monty Python—. ¿De qué fuentes bebe Toda una vida para esto?

Los epigramas, sobre todo los de Marcial; películas de los Monty Python como El sentido de la vida o La vida de Brian están llenas de comentarios e ironías sobre la muerte. También han influido lecturas de pesimistas estructurales como Emil Cioran y otros.

12. «Todo aquel que lea este libro morirá, tarde o temprano». ¿Escribir este libro le cambió algo en la forma de pensar en la propia muerte?

Es un recordatorio que deberíamos tener presente: nos ayudaría a sentirnos más humanos y, sobre todo, más humildes. No somos más importantes que otros seres que nos rodean. La naturaleza ya se encargará de aprovechar nuestros restos en la construcción de nuevas formas de vida.

13. ¿Cómo reaccionan los lectores cuando descubren el libro? ¿Incomodidad primero, carcajada después, o directamente carcajada?

No tengo ni idea, pero espero que al menos les suponga una excusa para la reflexión y el replanteamiento de sus propias vidas. Si se ríen, mejor que mejor.

14. El libro termina dejando un nicho vacío para el lector. Es un gesto generoso y un poco perverso. ¿Fue siempre esa la conclusión o hubo otras?

El nicho del final siempre estará ahí y alguien lo tendrá que ocupar. Nadie escapa de este destino. ¿Por qué entenderlo como algo evitable y tabú en nuestra vida?

15. ¿Habrá una segunda entrega? Porque epitafios inverosímiles, en este país, no faltan.

En realidad, la selección se hizo sobre más de 200 epitafios, pero si hay más ediciones solo dependerá de la buena recepción de la obra. Si no interesa, es tontería insistir en ampliarla.